POETRIA MINOR

O "Los Poetas Menores" de El Capaneo:
un hermano menor, pero ruidoso e inquieto,
que quiere salir a jugar...


Abrimos esta sección de poetas jóvenes y desconocidos (algunos, aun para sí mismos), que decidió retoñar de las entrañas del gigante CAPANEO, alimentándose de su POETRIA MAIOR.

Poetria, para que puedan darse cita los ejercicios de creación y traducción poética de los amigos.

"Minor", como un gesto de reverencia conmovida que hacemos hacia los grandes poetas (porque reconocemos la grandeza), pero no menor en dignidad, porque surge del mismo palpitar humano del corazón.

Un seminarium, un "semillero": una escuela de poetas y traductores...
Para cuidar a los hermanos menores.


Revista Universitaria El Capaneo




Navidad 2009: "Aquella nostalgia por el Infinito"

La Ternura de Dios por el hombre
Hay una frase de Dostoievski que me está acompañando en estos meses, a la hora de hablar del cristianismo a personas muy diferentes, tanto en Italia como en el extranjero: «Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, creer verdaderamente, en la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios?». Esta pregunta es un reto para cada uno de nosotros. De cómo se responda a ella depende el éxito de la fe en nuestros días. En un discurso de 1996, el entonces cardenal Ratzinger respondía que la fe seguirá siendo válida hoy «porque se corresponde con la naturaleza del hombre. En el hombre hay un anhelo y una nostalgia inextinguibles de lo infinito». Y además indicaba la condición necesaria: para poner de manifiesto todo el alcance de su pretensión, el cristianismo necesita encontrar la humanidad que late en cada uno de nosotros.
Y, sin embargo, cuántas veces sentimos la tentación de mirar nuestra humanidad concreta – por ejemplo, nuestro malestar, insatisfacción, tristeza, o aburrimiento – como un obstáculo, como una complicación y un estorbo para la realización de lo que deseamos. Por ello, nos enfadamos con nosotros mismos y con la realidad, y el peso de las circunstancias nos abruma, mientras tratamos de avanzar dejando de lado ciertos “aspectos” de nuestro yo. Sin embargo, el malestar, la insatisfacción, la tristeza y el aburrimiento, no son síntomas de una enfermedad que se pueda tratar con medicinas, como cada vez más sucede en una sociedad que confunde la inquietud del corazón con el pánico o la ansiedad. Estos síntomas, por el contrario, son señales de cuál es la naturaleza de nuestro yo. Nuestro deseo es más grande que el universo entero. La percepción de un vacío en nosotros y en lo que nos rodea, de la que habla Leopardi (“carencia y vacío”), y el aburrimiento del que habla Heidegger, prueban la condición ineludible del corazón humano, el carácter inconmensurable de nuestro deseo: nada consigue darle satisfacción y paz. Podemos olvidarlo, traicionarlo, engañarlo, pero no podemos extirparlo.
Por ello, lo que realmente obstaculiza el camino no es nuestra humanidad concreta, sino el descuido de la misma. Todo nuestro ser pide a gritos algo que pueda colmar este vacío. Lo intuyó incluso Nietzsche, que no pudo evitar dirigirse al “dios desconocido”, que hace todas las cosas: «Me quedo solo, levanto mis manos / (…) “Al dios desconocido”: / (…) Conocerte quiero – a ti, el Ignoto, / Que penetras mi alma hasta el fondo, / Como tempestad sacudes mi vida, / Inaferrable y sin embargo ¡semejante a mí!» (1864).
La Navidad es el anuncio de que este Misterio desconocido se ha convertido en una presencia familiar, sin la cual nadie podría mantenerse a la altura de su humanidad, pues sucumbiría a la confusión, viendo como se “descompone” su yo. «Sólo lo divino – en efecto – puede “salvar” al hombre, es decir, las dimensiones verdaderas y esenciales de la figura humana y de su destino» (don Giussani).
El signo más persuasivo de que Cristo es Dios, su mayor milagro, lo que asombraba a todos – más que las dolencias sanadas o la ceguera curada – era una mirada humana incomparable. El signo de que Cristo no es una teoría ni un conjunto de reglas es esa mirada de la que están llenos los Evangelios: su forma de tratar la humanidad de cada persona, de relacionarse con todos los que se encontraba. Pensemos en Zaqueo o en María Magdalena: no les pidió que fueran distintos, los abrazó tal como eran, con su humanidad herida, sangrante, necesitada de todo. Y su vida, al verse abrazada, recobraba toda su estatura original.
¿Quién no desearía verse mirado así ahora? De hecho, «no podemos querernos a nosotros mismos si Cristo no es una presencia como la madre lo es para su hijo. Si Cristo no es una presencia ahora – ¡ahora! –, no puedo amarme, ni puedo amarte a ti, ahora» (don Giussani). Esta sería la única manera de responder, razonable y críticamente, como hombres de nuestro tiempo, a la pregunta de Dostoevski.
Pero, ¿cómo sabemos que Cristo vive ahora? Porque su mirada no es un hecho del pasado. Sigue en el mundo tal cual: desde el día de su resurrección, la Iglesia existe sólo para que el hombre pueda experimentar la ternura de Dios, a través de las personas que son su cuerpo misterioso, testigos en este momento de la historia de esa mirada capaz de abrazar todo lo humano.
Julián Carrón, responsable de Comunión y Liberación
publicado el 24 de diciembre en el diario El Mundo (España) y Corriere della Sera (Italia)

El Secreto de sus Ojos. Un comentario a la película de Campanella


La película El secreto de sus ojos fue un éxito. No es extraño. Buena técnica cinematográfica, equilibradas actuaciones, chistes porteños y la cuota necesaria de morbo y suspenso. Me gustaría hacer un comentario, así que no sigan los que no la hayan visto: los que sigan, supongo que ya la vieron.

Terminó la película y la última escena no logró sacarme el sabor amargo, melancólico de algunas preguntas de Espósito (¿cómo haces parar vivir sin ella, para llenar el vacío?). Incluyendo la escena final. La confesión mutua de amor de Irene y Espósito –con el beso final-, ¿es capaz de levantar el peso de las preguntas que Espósito va haciendo durante la película? Me parecen demasiado grandes para responderse con un beso.
Hay una cierta sintonía -a pesar de las diferencias- entre El Secreto de sus ojos y Luna de Avellaneda. Ya en Luna de Avellaneda, Campanella nos regalaba una película simpática, pero también amarga -¿porteña quizás?-. La escena que la abre tiñe toda la trama: el otrora club colorido, vivo y de fiesta es hoy algo pasado, marchito. Todo decae y el trasfondo de melancolía se endulza un poco al final. Quiero decir que no rescata la caída, es sólo una chispita, una acción aislada del protagonista, pero en la trama predomina la caída de las energías humanas, esa conciencia melancólica que encierra la frase “todo decae”.
¿Por qué lo traigo a colación? Porque encuentro que El secreto de sus ojos tiene también dentro esta caída melancólica, pero más intensa: ya no se trata de un club o de conseguir un trabajo, sino de una injusticia dolorosa: la violación y el asesinato de una joven, bella e inocente, recién casada. No es un club que se subasta, es una vida que muere sin razón, violentamente, arrancada de un golpe de las manos de su recién devenido esposo. Allí nos muestran su cuerpo desnudo, retorcido, golpeado y ultrajado, tirado sobre la cama del dormitorio como un trapo viejo. Benjamín Espósito ve el cuerpo y se pasma, investiga la situación de la chica e inmediatamente se siente identificado, impulsado a comprometerse con el caso y a encontrar al homicida.
¿Por qué? Parecen haber dos historias en El secreto de sus ojos: una, el homicidio de la joven y la búsqueda de una justicia para el esposo de ella. El problema es cómo cerrar la herida de su ausencia. Espósito y el viudo responden a este problema buscando al asesino para encerrarlo para siempre. Quizás así pueda el viudo olvidarse del amor de su vida. La otra historia es simétrica a esta, pero trata sobre la relación de amor entre Espósito e Irene. Espósito está perdidamente enamorado de ella, pero como son de diferentes clases sociales, ella parece inaccesible. Además él la conoce y al poco tiempo ella anuncia su compromiso y casamiento, cerrándole las posibilidades que tenía, (aunque no faltaban señales de simpatía por parte de Irene que despertaran alguna esperanza).
Por ello, el compromiso con el caso y la enorme empatía con el viudo: ambos perdieron su gran amor.
Las dos historias se cruzan cuando dialogan Espósito y el viudo: Espósito lo mira, se obsesiona con él y lo acorrala con preguntas porque intuye que la respuesta al problema del viudo será la respuesta a su problema (¿cómo haces parar vivir sin ella, para llenar el vacío de su ausencia?).
Espósito, figura del hombre que ama la justicia, yendo en contra del ambiente que lo rodea (en un momento el juez del juzgado donde trabaja define una acción suya como una “quijotada”), encuentra al asesino y con Irene logran la condena. Pero el asesino es liberado poco tiempo después para ser enrolado en las fuerzas paramilitares de la época. La impotencia es total. Sin embargo, el viudo no se quedará con las manos vacías y atrapará nuevamente al asesino, encerrándolo en una celda de su casa para siempre, como modo para olvidar la ausencia de su mujer. Por la liberación del asesino, Espósito tiene que irse a vivir al norte y separarse de Irene. De hecho, habían intentado asesinarlo y su compañero, Sandoval, estando ocasionalmente en el departamento de Espósito recuperándose de una borrachera, al ver entrar a los asesinos, se hizo pasar por Espósito y dio la vida por su amigo (borracho que bien podría entrar dentro de las bellas filas del Marmeladov de Crimen y Castigo o del Santo bebedor de Roth). Años más tarde, ya jubilado, divorciado, vuelve Espósito con la espina clavada por haber dejado pasar en su momento la oportunidad de casarse con Irene. Por miedo no le había dicho que la amaba y ahora ella está casada y con dos hijos. ¿El desenlace, entonces? Declara su amor e Irene acepta. Un beso y se baja el telón.
Encuentro ahí la respuesta estrecha, incapaz de sostenerse puesta en la balanza junto a las preguntas llenas de preocupación de Espósito. Esas preguntas que nos hacemos, que vemos el océano inmenso que representan y que acostumbramos resolver con algo más pequeño, parecido a una frazada corta en una noche de invierno con la que intentamos e insistimos, aunque al final el frío entra lo mismo, quitándonos el sueño.
Campanella dijo que lo que más le entusiasma de la película es que hay dos historias: una que pasa por el guión y otra por las miradas. Me gustaría a mí también pensar en dos historias: una la historia humana, empapada de un anhelo de amor, justicia y belleza, pero destinada a decaer, a estrellarse contra imposibles. Cómo escribe el poeta Pär Lagerkvist: “Un desconocido es mi amigo/uno a quien no conozco/ un desconocido lejano, lejano/ por él mi corazón está lleno de nostalgia/ porque él no está cerca de mí/ ¿Quizás porque no existe?/ ¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia/ que llenas toda la tierra de tu ausencia?
Otra, la sombra de la historia narrada en la película, la historia de otro tipo de imposible: la historia de la respuesta real a las preguntas reales de Benjamín Espósito, la espera de una respuesta adecuada, esperar que acontezca lo imposible, lo inmenso, lo que nunca nadie imagino, pero todos esperan.
Es verdad que sería trágico que nos contentáramos con menos ante estas preguntas inmensas, pero más trágico es no hacerlas, evitar el gusto amargo, la tristeza por un bien ausente, por algo que dentro de todo lo que hacemos, nos falta. Sólo agregaría una cosa: necesitamos comprender el significado de esas preguntas, porque estamos hechos para la respuesta a la que apuntan. Una respuesta real.

Patricio Perkins

Notas sobre el fallecimiento de Alberto Methol Ferré






Extractos del artículo El hombre y el puerto, escrito por Alver Metalli para Páginas Digital (16/11/2009)

Con la muerte de Alberto Methol Ferré, América Latina pierde uno de sus intelectuales más fecundos por su producción y más originales por su pensamiento. Y muchos pierden un amigo.

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Alberto Methol Ferré nació en marzo de 1929, cuando Uruguay gozaba de la prosperidad que le venía de la reconstrucción post-bélica europea. Años de oro, cuando los silos del puerto de Montevideo se llenaban de granos, containers repletos de carne destinada a los puertos del Viejo Mundo que buscaba renacer. ¡Bendito el plan Marshal que significó comercio y riquezas para estas latitudes! "Pradera, puerto y frontera", para usar la imagen con la que Reyes Abadie fotografió el destino próspero de la naciones más pequeñas de América del Sur. ¡Y bendito puerto! Porque los uruguayos le deben todo a su puerto. La vida de Methol Ferré tuvo mucho que ver con el puerto. Fue alto funcionario de la Administración Nacional de Puertos durante 30 años, además de miembro de la Academia de Historia Marítima y Fluvial del Uruguay. Se retira del puerto con el cargo de vicedirector, tras haberse solidarizado con una huelga general contra el golpe militar, cuando no estaba bien visto hacerlo. Se sabe que los puertos son formidables cruces. De gentes, de ideas, de tráfico. En los puertos los confines están siempre en movimiento.

La vida de Methol Ferré tuvo mucho que ver con el puerto. Fue alto funcionario de la Administración Nacional de Puertos durante 30 años, además de miembro de la Academia de Historia Marítima y Fluvial del Uruguay. Se retira del puerto con el cargo de vicedirector, tras haberse solidarizado con una huelga general contra el golpe militar, cuando no estaba bien visto hacerlo. Se sabe que los puertos son formidables cruces. De gentes, de ideas, de tráfico. En los puertos los confines están siempre en movimiento.
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Lo hace todo como autodidacta, un autodidacta del conocimiento, un devorador de libros ávido e insaciable, hábil para las grandes visiones geopolíticas. Al escucharlo, no resulta fácil creer que se haya adentrado solo en el mundo de los clásicos franceses, españoles y alemanes; es más bien un hombre de frontera que descubre los clásicos que un clásico que se esfuerza por alcanzar la frontera. Además, como laico, sostiene una tradición que muchos clérigos, en esos mismos años, ya habían abandonado; ésta es una de las paradojas a lo Chesterton, que tanto aprecia: «a él», ironiza, «le hubiera gustado que los laicos salvaran a Santo Tomás de los clérigos».


En 1955 funda una revista que desde su nombre, Nexo, sintetiza todo su programa: crear, de hecho, nexos, vínculos entre naciones, estrechar lazos e historias entre pensadores de distintos países de Sudamérica. El puente debía establecerse en primer lugar con Argentina, para luego abrazar el continente. La reflexión de Nexo abarca rápidamente toda América Latina, aquella América fragmentada por el nacimiento de las repúblicas independientes, repensada como unitaria por los Rodó, Vasconcelos, Ugarte, Fombona, Pereyra, Calderón, una generación -el ‘900 latinoamericano- a la que Methol se refiere frecuentemente: «La "generación nacional" latinoamericana, refundadora por antonomasia; creo que todavía no se la ha estudiado a fondo», se lamenta.
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En 1967 invitan a Methol Ferré a integrar la dirección de otra revista: Víspera. También en este caso el nombre sintetiza la idea inspiradora de la publicación y los objetivos programáticos. El Vaticano II, que ya había terminado en Roma hacía unos años, cobra actualidad en América Latina. La Iglesia del continente debe recapitular sus aportes en vista de la II Conferencia General, prevista para el mes de agosto del año siguiente, 1968. Una verdadera vigilia que Víspera se propone clarificar e interpretar. Desde sus páginas Methol Ferré observa y comenta el bullir revolucionario de América Latina. En 1968 escribirá un artículo de mucho peso, que moverá las aguas ya agitadas. Ernesto Che Guevara había sido asesinado poco tiempo antes en Bolivia (1967). Methol Ferré percibe con claridad el fracaso del proyecto revolucionario. La parábola del líder guerrillero y su fin representan, a su ojos, el prevalecer de una política de muerte y la muerte de toda política. Palabras que no pueden ser pronunciadas impunemente en el Uruguay de los años setenta. Se rompen sociedades, se laceran amistades de vieja data. Methol Ferré no desiste del análisis despiadado de los límites de la teoría del "foco" revolucionario. Asiste inquieto al intento insurreccional de los tupamaros en Uruguay. Presiente su nefasto resultado: allanarle el camino a la dictadura militar.
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En 1975, dos años después del golpe de estado en Uruguay, se le nombra miembro del equipo teológico-pastoral del Consejo Episcopal latinoamericano. La discusión con la teología de la liberación estaba candente en América Latina, y se intensifica, tanto en ámbitos institucionales como en universidades y periódicos. Methol Ferré es un crítico severo de esta corriente de pensamiento que conoce a fondo incluso por su relación personal con el mayor exponente: Gustavo Gutiérrez, que también trabajaba en la revista Víspera. Methol Ferré establece así su distancia. «Para los teólogos de la liberación, el marxismo no es una filosofía, no es un sistema total de comprensión de la naturaleza, del hombre y de Dios. Es considerado y tratado por ellos como un intento científico -a la manera de Althusser- de conocer la historia buscando captar las leyes relativas a la relación hombre-naturaleza-sentido. Por eso, la fe no quedaría marginada. Gutiérrez sostiene que la fe se comunica con la ciencia mediante la utopía, y que de este modo no habría yuxtaposición. Pero en su reflexión no se entiende qué significa la "mediación de la utopía". Yo pienso que, por el contrario, el carácter peculiar de la ciencia marxista reside en su esencial constitución como filosofía materialista, aun cuando puedan hallarse huellas de una inmanencia del judeo-cristianismo». Pero al mismo tiempo reconoce el valor de la teología de la liberación, viendo en ella «la reacción a un tomismo académico». «La teología de la liberación, escribe, se distingue de toda la teología precedente por la importancia decisiva que le asigna a la situación histórica de América Latina; lo que significó un empuje benéfico para las iglesias latinoamericanas que habían sido tributarias, por largo tiempo, de la influencia cultural europea». Propugna una teología de la liberación que tiene en Lucio Gera su referente. Tiene en común con Gera, y con otros, la acentuación de la religiosidad popular, de los pobres, de la cultura, de la historia latinoamericana, y desarrolla un acercamiento más comprensivo de la realidad latinoamericana.

En estos años de intenso trabajo en el CELAM se forma una vasta red de amigos en todo el continente, desde México a Brasil, desde Colombia hasta Argentina, pasando por Venezuela, Bolivia, Chile y Paraguay. Los puntos en común: la integración de América Latina, el vínculo con el pueblo católico y con los lugares de religiosidad popular, una idea de cultura cuyo centro es la visión cristiana del hombre, la revalorización de la Doctrina Social de la Iglesia en clave antropológica y social, la percepción de un nuevo adversario histórico, ya no el ateísmo de connotaciones mesiánicas sino una irreligiosidad profunda, extendida y persuasiva que Methol Ferré llama, con un término suyo, "ateísmo libertino". Confluye todo, y todos, en la tercera cumbre de la iglesia latinoamericana, en Puebla de Los Ángeles, en México, en 1979. Monseñor Antonio Quarracino, que sucede como presidente del CELAM al colombiano Alfonso López Trujillo, será su gran amigo y admirador.


El papado de Juan Pablo II es acogido con entusiasmo. Se unen lazos con el movimiento eclesial Comunión y Liberación, que después de sus inicios en Brasil en los años ‘60 comienza a estar presente en casi todos los países de América Latina. Se intensifican las relaciones a ambos lados del océano. Methol Ferré viaja a Italia, a Roma, para cumplir con la responsabilidad de asesor del Pontificio Consejo para Laicos, y sobre la rivera adriática para el Meeting anual que se desarrolla en la ciudad de Rímini. Colabora en la revista italiana Incontri, una publicación especializada sobre América Latina ligada al semanario Il Sabato. En 1983 se pasa la posta, de Incontri a Nexo: una empresa temeraria, una revista que quiere ser al mismo tiempo de militancia y de diálogo. Significativamente, la publicación recuerda a Latinoamérica, una gloriosa revista, fundada por los jesuitas en 1949. Latinoamérica termina su ciclo en vísperas del Concilio Vaticano II, inmediatamente después de la I Conferencia Episcopal latinoamericana de Río de Janeiro, en 1955. Nexo nace a la sombra de Puebla, vive los años del pontificado de Juan Pablo II y llega hasta el umbral del colapso del comunismo.
[...]


Le preguntamos cuáles se llevaría consigo si tuviera que elegir precipitadamente alguno. Se resistió antes de responder. Probablemente le turbaba la idea de tener que separarse de ellos. «Me podría llevar muchos», respondió seguidamente. Los de Ortega y Gasset, en primer lugar, cuyas páginas le introdujeron en los grandes temas de América Latina; los del español Unamuno, del ruso Berdiaev, del alemán Scheller, a quien debe el encuentro con la gran tradición cristiana y sus palabras clave. Luego la obra de Gilbert G. Chesterton, autor que asocia a su propia y verdadera conversión a fines de 1949. «Entendí por él que la existencia es un don, como la salvación y la fe; que se es cristiano por gratitud». Cristiano por gratitud. Por habérselo escuchado decir tantas veces, ya no nos sorprende. La alegría y el buen humor de Methol Ferré llaman la atención. «Desde que descubrí que la Iglesia es una realidad de hombres lietos ["gozosos"], hace sesenta años, la vida me parece cada vez más una novedad sustancial» .

No se olvidaría tampoco de recoger los textos de Gilson, de Lucio Gera. Las obras de Haya de la Torre y los escritos de Juan Domingo Perón encontrarían ciertamente lugar en su valija; de hecho, se siente deudor de ambos en cuanto a su visión política «a causa de la extensa batalla por la integración y la industrialización de América Latina que han llevado a cabo», precisa. Y las obras de Augusto del Noce. El filósofo italiano representa la última influencia de su madurez intelectual.

Su relación con Del Noce es una página que, tarde o temprano, convendrá explorar con mayores detalles de los que alcancemos a anticipar en estas suscintas notas biográficas. Lo conoció personalmente en 1982. El antecedente se remonta a la III Conferencia General del episcopado latinoamericano. En la linda ciudad de Puebla los conciliábulos entre los participantes están a la orden del día. En un momento del trabajo le pregunta a un querido amigo, el doctor Guzmán Carriquiry, también uruguayo, que vive desde hace muchos años en el Vaticano, qué filósofo católico italiano merecería consideración. Le menciona a Del Noce. El doctor Carriquiry vuelve a Italia y poco después le envía El suicidio de la revolución. El vaticinio del suicidio de las revoluciones, rigurosamente fundado, es suficiente para encender el interés de Methol Ferré. Un interés secundado por el destino. «El azar quiso», recuerda a distancia de años, «que visitase la casa de un sacerdote, un biblista uruguayo vuelto recientemente de Italia. Mirando en su biblioteca, me fijé en El problema del ateísmo». Se lo pidió prestado. «Me genera un verdadero shock intelectual. Durante un mes lo leo ininterrumpidamente, noche y día, subrayando cada página». Methol Ferré le escribe una carta a Del Noce; se la envía a Carriquiry con el pedido de hacérsela llegar. La carta llega a destino. «Supe luego que, cuando Del Noce la leyó, caminaba y decía: "¡Milagro! Es increíble que un hombre que vive en Uruguay me haya comprendido tanto"».

Alver Metalli



Para leer el artículo completo:








Recomendamos la lectura de La América Latina del Siglo XXI, por Alberto Methol Ferré y Alver Metalli (Edhasa, 2006)

Vacaciones Universitarias enero 2010


Comentario sobre El Señor del Mundo de Robert Hugh Benson

Leyendo el Señor del Mundo de R. H. Benson (Editorial Librería Cordoba, traducción de Leonardo Castellani) surgieron en mí algunas ideas acerca de la sociedad actual en la que vivimos, su presente, su pasado y su futuro. Desde la humilde postura de un estudiante de Historia, quisiera compartir estas reflexiones que surgieron a partir de la lectura de tan fascinante libro. Marx dijo en un de sus obras que la historia se repite, de alguna manera u otra dos veces. Ahora bien, nuestro mundo actual de supuesto progreso ilimitado, de creciente tolerancia, progresismo y multiculturalidad, ¿estará repitiendo algún periodo de la Historia de la Humanidad? ¿Será acaso nuestro presente la reedición de algún momento del pasado?
Sin embargo, si tuviéramos que comparar a nuestro presente con algún momento histórico determinado, el más indicado según mi criterio sería el Imperio Romano. La antigüedad Romana fue uno de los picos más altos de la civilización occidental, aunque como todo lo que es humano, tuvo sus profundos claroscuros. De esta forma, dentro del Imperio se dieron la mano la esclavitud de cientos de miles de seres humanos y la aceptación como iguales de las culturas de cientos de pueblos conquistados. Fueron de la mano la paz romana y la unión de todos los pueblos conocidos dentro de las fronteras del imperio, con la guerra a los “bárbaros” en las fronteras. Numerosas y contradictorias escuelas filosóficas (platónicos, estoicos, escéptico, epicúreos, etc.) que intentaban, a su manera, explicar racionalmente la realidad se encontraban en la calle con las fanáticas y crecientes sectas de las religiones orientales. Y en la cima de este Imperio existían hombres, Emperadores, que se hacían adorar a si mismos como dioses. Por último, en su pico máximo de poder el Imperio comenzó, con un afán totalitariamente religioso paradójicamente en contra a su “pluralismo” y “tolerancia” tradicionales, a perseguir a un pequeño, pero creciente, grupo de personas que creían que Dios se había manifestado a los hombres en un oscuro rincón de las olvidadas tierras judías, había sido condenado a una muerte de la manera mas humillante y había resucitado para ofrecer la salvación tan buscada por los hombres de ese y de todos los tiempos.
Uno se podrá preguntar, ¿pero que tiene que ver esto con el presente que vivimos? Y, ¿que tiene que ver con el Señor del Mundo? Cualquier comparación es siempre odiosa, y aunque los hombres miran siempre al pasado (aunque cada vez menos) para buscar los modelos de su accionar en el presente, las comparaciones con épocas pasadas hiere el orgullo de su moderno sentido del progreso. ¿Acaso el “prospero” Occidente no convive con todo un mundo de esclavos y explotados que tantos denuncian pero pocos remedian? ¿Acaso los países del 1er mundo no llevan al Oriente, por fuera de sus fronteras, las guerras para expandir el “mundo libre”? ¿Acaso esta época de positivismo, nihilismo y escepticismo no comparte sus fieles con nuevas corrientes “new age”, con sectas religiosas de todo tipo y con las nuevas y desesperadas nuevas formas de salvación que son los Mesías de la “Autoayuda”? Es cierto, todavía no adoramos a nuestros lideres como dioses (casi podríamos descontar a los populismos americanos, del Sur y del Norte, que siempre renacen con ansias de renovar la faz de la tierra con su sola presencia); sin embargo, como corren los tiempos, la persecución a los cristianos esta lejos de haber comenzado. De manera más sutil que en otras épocas, la lucha contra aquellos que anuncian que existe Alguien que vence al mundo, se desarrolla en todos los ámbitos de la vida social: la cultura, la política, la economía, la familia, etc.
Benson, en su Señor del Mundo, noveliza un posible Fin de los Tiempos, un posible Apocalipsis, la llegada de un posible nuevo “Mesías” en una sociedad demasiado a gusto consigo misma. Muchas imágenes de este libro escrito a comienzos del siglo XX nos remiten directamente a nuestra moderna y progresista civilización del siglo XXI. También nos muestran un futuro, demasiado cercano a un pasado de sangrienta persecución, en que los últimos cristianos reducidos a un numero no mucho mayor que al numero de los Apóstoles luchan por perseverar en un mundo que esta completa e irremediablemente en su contra.
El Señor del Mundo nos muestra un futuro posible entre varios. Aun siendo ficción, refleja proféticamente muchos aspectos de nuestra sociedad: sus “logros” tecnológicos, su “bienestar” material, su “tolerancia”, “convivencia” y su “humanismo” como máximas culturales supremas y su profundo desprecio por cualquiera que aspire a afirmar una Verdad que este por encima del “Hombre” mismo.
Hace unas semanas se recordaban los 70 años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y de todas las inhumanas catástrofes que se llevaron acabo en ellas. La mayoría de los medios de comunicación hablaban de la Memoria y de la seguridad de que tales sangrientos sucesos no volverían a pasar nunca más. Ahora bien, ¿es esto verdaderamente así? ¿El pasado no se repite? ¿Y cómo nos aseguramos de esto? ¿Qué o Quién nos mantiene seguros de que no repetiremos los errores del pasado? Finalizando, citemos a Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi:
“Preguntémonos ahora de nuevo: ¿qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar? Ante todo hemos de constatar que un progreso acumulativo sólo es posible en lo material. Aquí, en el conocimiento progresivo de las estructuras de la materia, y en relación con los inventos cada día más avanzados, hay claramente una continuidad del progreso hacia un dominio cada vez mayor de la naturaleza. En cambio, en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral, no existe una posibilidad similar de incremento, por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. Es verdad que las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales. El tesoro moral de la humanidad no está disponible como lo están en cambio los instrumentos que se usan; existe como invitación a la libertad y como posibilidad para ella.”
Dejo con ustedes un par de enlaces en los cuales podrán encontrar excelentes reseñas y comentarios de esta obra:

La experiencia de la Asociación de Trabajadores Sin Tierra (São Paulo)

Encuentro público con Cleuza Ramos y Marcos Zerbini
en la Universidad Nacional de La Plata



Carta abierta a los profesores de Letras


Más que una carta, esta es una súplica. O algo donde la invectiva, la súplica y el silencio se siguen en una extraña, definitiva inversión. Les digo: Son monjes. Y guerreros. No traicionen también ustedes, en esta traición general de clérigos y periodistas, de “expertos” en comunicación y de editores o agencias de eventos culturales… Son monjes y guerreros en custodia y en incremento de un bien precioso, que casi nadie más comprende. O del cual muchos hablan pero ya apergaminados y en naftalina de retórica o de buenas intenciones… La llaman: literatura. Pero no es otra cosa que vida continuamente despierta de la lengua, de la primera y humilde y rica relación de la cual la naturaleza la ha dotado. Es a través de la lengua, vida que se despierta a la vida, es decir, a la conciencia. Son monjes y guerreros de la vida de la lengua, que es como decir vida del pensamiento – o de la razón, en otras palabras. Porque ¿qué es la literatura? ¿Pilas de libros que atascan las librerías? ¿Clasificaciones en el fondo del Corriere? ¿O agregados de La Repubblica[1]? ¿O biblioteca de las bibliotecas? ¿O la última de las modas? ¿Un elenco de clásicos opuestos a otros? No, la literatura o como la quieran llamar ese túnel de voces, es una experiencia. Están, quiéranlo o no, en el frente de una guerra que tiene en el estandarte la desaparición del fenómeno llamado poesía, es decir, una guerra sobre la raíz misma de la experiencia lingüística en su aspecto de correspondencia tentada con el mundo, de respuesta al secreto que de las cosas impresiona e invita. No la desaparición, no. Porque no desaparecerá nunca, estando entre los fenómenos humanos primarios. Como el hambre, como el sexo, y el luto. Pero su reducción por malentendido. Su anestesia. La colocación entre los aburridos entretenimientos, o bien entre las paradojas más inútiles. En cambio, la vida nos llama, desde pequeños, a no usar sólo los nombres del registro de población. No bastan las palabras del registro establecidas por las leyes o esa frecuentemente más tétrica y mísera imposición (y con qué formidables instrumentos) por el uso. A la amada, a los hijos inventamos sobrenombres para probar a decir lo que de ellos, en ternura y temor, nos dice. Dante decía que a veces se usan las palabras para decir lo que no se sabe. La lengua abierta y tendida al secreto del mundo es el inicio y para decirlo así el concierto de la literatura. Al corazón, a la razón no bastan las palabras apagadas que nos meten en la boca. Si el corazón y la razón están todavía vivos. Si escuchan el mundo. Si reciben el golpe de presencia. Son monjes, y guerreros. Mal pagos. Puestos a trabajar a veces en condiciones espantosas. Entre editores y, frecuentemente, dirigentes que no entienden nada de todo esto. En ámbitos donde todo parece concurrir a mortificar la vida, y por lo tanto también la lengua. Entre burocracia, pruritos que parecen pestilencias, y agitación muerta de la costumbre. Tentados a hacer como todos, parándose detrás de cuestiones municipales o familiares. Parándose detrás de la dificultad. Pero el monje y el guerrero habitan la dificultad. No hacen sólo un oficio. Hacen ciento mil cosas por el éxito de la buena batalla. Si tienen dificultades económicas vayan a robar, hagan las únicas expropiaciones que tendría sentido hacer. O hagan cooperativas, ligas de profesores de letras, mutualidades, hagan la cuestación. Deberían pagarles por millones, otra que a los grandes managers… Y tanto porque su única dignidad profesional está dada por haber hecho temblar o abrir los ojos a alguno leyendo la página de una obra maestra como si se estuviera escribiendo ahora ahí con ustedes, colaborando a escribirla toda su vida. No es cuestión de dinero. Y no importa si corajudos o cultísimos, o si temblando o jactanciosos. El hecho es que están ahí, ahora, en esta especia de trinchera, en este combate cuerpo a cuerpo. Está en sus manos –en la de ustedes más que en otras- la responsabilidad de no hacer morir el dulce sonido y el movimiento de nuestra lengua italiana. Lengua de poesía sobre todo, como aconteció en Francesco[2], en Jacopone[3], luego en Dante, en Petrarca, hasta en Leopardi, al león Ungaretti y en tantos, muchísimos que han probado en sus diversas medidas y respiros alivio y justicia a las palabras. Tratándolas por lo que son: instrumentos con los cuales seguir a la verdad e indicarla, como un Juan Bautista que clama en el desierto, o como el sobresalto en el vientre de Isabel. Vivimos en una época de palabras apagadas. En una inflación de palabras que reciben las generaciones que no es verdad que leen poco; leen mucho –desde los sms a las publicidades, a los diarios gratis en el subte- pero todas cosas en las que las palabras están muertas. Lectura en la que no hay vida. Donde no se pide nada a quien lee, sólo su dinero, o la opinión, o el voto. Olvídense de los programas, los vencimientos, los esquemas analítico-históricos… Háganlos por el mínimo indispensable. Que está cerca del cero. ¿El esquema histórico de la literatura de qué le sirve a un chico, si no aprende el gusto y el escándalo de la literatura? Pónganse de pie, más bien, lean. Hagan teatro de esta vida de la lengua cuando en ella llega el golpe de la vida. Esta duplicación de la vida. Hagan como han visto hacer delante de ustedes a quien ha leído grandes páginas de literatura llenándolas de sí mismo, de la propia demanda de felicidad y descubriendo el secreto del mundo. Hagan así, como los monjes en pie, y los guerreros. Porque la nada se muestra por todos lados. Y baja sobre los senderos y sobre las rutas de su posible pereza, de su inapelable buena conciencia, de su malentendido sentido del deber. El destino me ha asignado una pequeña parte en escribir versos, libros, míos y de otros. Y ahora este librito de lecturas compartidas. A ustedes la parte de indicar y de compartir la palabra encendida de la literatura. No dejen que se apague, en ojos engañados de aburrimiento por las frases de propagandas. Mi ministerio es el de ustedes, y el campo minado es el mismo. Disculpen, más bien, no disculpen la molestia.

Davide Rondoni

(Traducción: Lucas Esandi)

[1] Se refiere los diarios italianos Il Corriere Della Sera y La Repubblica.
[2] San Francisco de Asís, a quien se atribuye uno de los primeros testimonios literarios en lengua vernácula (“el canto de las criaturas”). Mayormente con presencia de voces umbras, puesto que el santo habitaba Umbría.
[3] Jacopone da Todi, junto con San Francisco, está entre los primeros autores en lengua vernácula, sobre todo de tema religioso. Es famoso su “Lamento de la Virgen María”.

La FE, ¿creencia o evidencia?

Encuentro con el P. Julián Carrón en su visita a la Argentina

La gracia del perdón

En este breve fragmento de La Misión vemos como Mendoza que era mercenario y traficante de esclavos indígenas y que había asesinado a su hermano, llega con un fardo donde arrastra consigo las armas que usaba antes al lugar donde se encuentran los guaraníes subiendo escarpadas colinas con cataratas. Él elige su propia penitencia por sugerencia del padre Gabriel.

En principio él se ve amenazado por el indio, pero cuando ve que lo libran del fardo a instancias de la orden del cacique por sugerencia del padre irrumpe en llanto liberándose poco a poco, cada vez más de su pasado doloroso simbolizado en la carga que arrastraba.

Esta escena como ninguna otra del cine -arriesgaría decir- representa hermosamente el poder que confiere perdonar sin rencores, y qué tan bien hace a uno la gracia divina del perdón, la redención del ser humano arrepentido, empezar una vida nueva. Recordemos el proverbio latino: «Errar es humano, perdonar divino»

Y pensemos en una lámpara. Nadie la enciende para ponerla debajo de una cama ¿No la pondremos más bien sobre el candelero para que todos los que entren vean la luz? Las puertas están abiertas de par en par, sólo hay que estar predispuestos a ver la luz, cuyo fin, y esto es importante, fue para todos nosotros. La Historia nos enseñó que en nombre de la hermandad política se creó una guillotina que causó el Reinado del Terror. Algo semejante sería imposible en nombre de la hermandad de los hombres elegida hacia las estrellas.

«Nunca la criatura humana se adherirá de más segura manera al cumplimiento del deber que cuando, además de sentirle como una imposición, le sienta estéticamente como una armonía»[1] dice J.E. Rodó en su libro Ariel.

Aquí tenemos la forma estética armoniosa en su mayor expresión. Mérito de los hacedores de la película. Mención especial al guionista, y por supuesto, al compositor de la música inigualable de esta película, el maestro Ennio Morricone, cuya música simboliza la Buena Nueva.

Una lección de vida inolvidable.

Lucas Esandi

[1] Rodó, José Enrique, Ariel, Ed. Espasa Calpe, 1948, Buenos Aires, p. 59.

Aprender la ley de nuestra existencia: la "caritativa"

Una tarde de sábado típica. Diez chicos y chicas se encuentran en Palermo y dedican dos horas de su tiempo para pasar la tarde con unos abuelos en un geriátrico. Unas tartas de manzana, unos mates, unos cassettes de tango, ovillos de lana, historias y sonrisas son los protagonistas de estas visitas.

Dos veces al mes vamos con unos amigos al geriátrico Loyola. Los abuelos son los humildes anfitriones de estas tardes. Charlamos con ellos, compartimos alegrías y también soledades y tristezas. Cada uno de nosotros, con el pasar del tiempo, creó un vínculo especial con cada abuelo que visita. Hace aproximadamente dos años que cada quince días vamos al geriátrico; ya para mucho de nosotros los abuelos tienen un lugar especial en nuestras vidas y nuestro corazón.

Cuando comenzamos a ir pensábamos que íbamos a “dar una mano”, a ayudar, a acompañar a unos abuelos solitarios y necesitados de nuestra compañía y nuestro aporte. Esas presunciones, esas “buenas intenciones”, siguen estando en muchos de nosotros – al menos, con toda seguridad todavía en mí-. Sin embargo, algo fue cambiando con el pasar del tiempo. Lo que antes era una “acción solidaria” se termino transformando en una necesidad. El deseo, a veces algo abstracto, de ayudar al otro que todos teníamos y tenemos, se fue convirtiendo en una conmoción en nuestros corazones. Es por eso que ahora, ya no es más un deber el que tenemos frente a los abuelos, sino que es una necesidad nuestra el ir junto a los abuelos, necesitamos compartir nuestras vidas con ellos, necesitamos compartir sus penas y sus alegrías; ya son parte de nuestra vida cotidiana.

Es cierto, dos horas cada quince días pueden parecer poco, pero fueron suficientes para despertar en nosotros el deseo de continuar dando nuestro tiempo y a nosotros mismos cada vez que vamos allí.

Esta actividad que realizamos se llama Caritativa. Aquí intentamos crecer y aprender a conocer que la Ley de nuestra existencia, la Ley de nuestras vidas, es la Caridad. Caritativa intenta ser una escuela de amor; en ella nos educamos en el amor al otro, a estar abiertos de par en par a las necesidades de los otros. Aquí aprendemos que la única manera de realizarnos, de crecer, de ser más nosotros mismos es cumplir y satisfacer el deseo que todos tenemos: de ayudar a otro, de tenderle una mano, de amarlo, de entregarnos nosotros por el.
Esto es Caritativa.

Nicolás P.

Lo único que puede sostener nuestra esperanza

Sobre el brote de Gripe A en Argentina

De repente, el País se paraliza, las tareas se trastocan…

…y a la sorpresa por las vacaciones imprevistas se añade la preocupación por el “qué estará pasando”. Para un chico que se queda sin clases y que escucha constantemente las noticias y las conversaciones sobre la epidemia que azota a nuestro país y al mundo, lo más natural es preguntar a sus padres: ¿qué está pasando? Y más aún ¿por qué? Estas preguntas, que nos inquietan también a muchos de nosotros aunque intentemos acallarlas, no se agotan con una respuesta técnica o científica, sino que van más allá: ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué es la vida?

La cuestión es tan radical que, si somos serios con nuestra vida, no podemos evadir esta provocación discutiendo sobre cuál será el plan secreto del gobierno y de los poderosos, haciendo ironías que rápidamente transforman todo en broma o esperando que todo se resuelva para poder continuar como si nada hubiera sucedido. Esto sólo nos lleva a evadir el drama de las personas que han muerto, de sus familiares, de los enfermos, del personal de salud que se topa tan de cerca con el virus y de los países donde el contagio ya se ha extendido. Nos lleva a censurar que la palabra pandemia empieza a cernirse como una amenaza sobre la humanidad.

Hechos como éste nos ponen delante del misterio de la existencia desafiando nuestra razón y nuestra libertad. Desperdiciar la ocasión de mirarlos a la cara nos dejaría todavía más perdidos y escépticos.

Pero para estar delante del misterio de la existencia necesitamos algo más que los planes de emergencia, los cuidados médicos, los barbijos y el desinfectante de manos. Necesitamos algo más que los mensajes de aliento que nos dicen que juntos saldremos adelante.

Constatamos que todos los problemas de la vida son serios, y entre ellos el de la salud, pero pareciera que todo es serio menos “la vida” misma: “¿qué es la vida además de la salud, del dinero, de la relación entre el hombre y la mujer, de los hijos, del trabajo? ¿Qué es la vida además de todo esto? ¿Qué implica? La vida es todo esto, pero con un fin, con un significado.” (Giussani, ¿Se puede vivir así?, p. 113)

Somos una enorme exigencia, de significado, de plenitud, de felicidad, pero nos damos cuenta de que nosotros mismos no podemos dar respuesta a esta sed. Solos, con nuestras fuerzas, no podemos.

Lo único que puede sostener nuestra esperanza y permitirnos vivir sin tenerle miedo a nada es la experiencia de Cristo, Misericordia de Dios que se hace compañía palpable en la historia de nuestro pueblo a través de la Iglesia. Por eso, necesitamos estar atentos a quienes entre nosotros se mueven sin omitir ni las preguntas más profundas, ni las acciones necesarias, precisamente porque están ciertos de que todo se nos da para el cumplimiento de nuestra vida. Esta certeza llena de razones es la misma que brota de las palabras de María de Guadalupe a su hijo indígena, Juan Diego: “No temas ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”

Comunión y Liberación Argentina
Julio 2009

Libres y Protagonistas

Ante un nuevo acto eleccionario, en el orden nacional y en ámbitos provinciales, es el momento adecuado para afirmar el significado noble de la acción política y de las instituciones del estado: la una y las otras alcanzan su verdadera estatura cuando se conciben y se plasman en hechos reales, reconociendo la preeminencia de nuestra persona singular y favoreciendo las obras que nacen de nuestro deseo de justicia, verdad, belleza y felicidad.

Aún en la Argentina de hoy, nuestro deseo de felicidad encuentra una “satisfacción en camino”; una experiencia verdadera de libertad: el encuentro con personas y grupos de personas en quienes se ha hecho conciencia y urgencia este mismo deseo y por el cual se ponen a trabajar en la sociedad, plasmando obras que reflejan esta pasión por la realidad y por todo lo humano. En estas obras, que nos ponen uno junto al otro, ya está el signo de la victoria: la unidad entre nosotros, que reconocemos nuestra necesidad de ser salvados y recibimos el regalo de una esperanza inclaudicable. La certeza de que el deseo del corazón de todos encontrará su respuesta, como Cristo lo ha prometido, comenzando ya a cumplirlo en esta realidad.

La verdadera transformación histórica está confiada a estos grupos de personas, en cuanto se reúnen para responder de la forma más humana posible a sus necesidades, construyendo así bien común. A esta transformación, la política, el estado y sus instituciones deben servir y proteger a partir de un acuerdo básico del presente y del horizonte como nación. Ante la grave y creciente pobreza, en la que sobresale una multitud de niños y jóvenes, es preciso reconocer a los pobres como sujetos portadores y generadores de riqueza. El asistencialismo en función del clientelismo político demuestra ignorar esto y, así, profundiza y extiende la pobreza. “Invertir en la formación de las personas y en desarrollar de manera integrada una cultura de la iniciativa –dice el Papa Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Paz 2009- resulta en una creación de valor en las personas para una lucha eficaz y duradera contra la pobreza material. Esto implica una política de desarrollo que convoque a la responsabilidad de los hombres y a la creación de sinergias positivas entre mercados, sociedad civil y estado”.

La sociedad civil, cuando se reconoce a sí misma, asume un papel crucial: porque -prosigue el Papa- “el desarrollo es esencialmente un fenómeno cultural y la cultura nace y se desarrolla en el ámbito de la sociedad civil, a través hombres y mujeres que viven en profundidad la fraternidad y son capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades en el camino de un auténtico desarrollo humano”. Identificar y proseguir estos puntos de humanidad es el respiro que nuestro corazón necesita, la verificación de que nuestra esperanza se apoya en la certeza de la compañía de una Presencia liberadora en el presente.

A la luz de cuanto ha sido dicho, sería injusto un gobierno o un Estado que, con sus iniciativas estatistas, impusiese la marginación de la sociedad civil, acentuano el 'estatismo mental' extendido en buena parta de las fuerzas políticas, de las instituciones intermedias y de la población. Desanimar y desorientar el protagonismo personal y social es algo que afecta a cada uno de nosotros en su dignidad, ya gravemente en riesgo por esta des-educación que nos hace indolentes y complacientes a que desde el poder se intente construir sistemas seudo-salvadores, que necesitan de nuestra renuncia a la libertad y de la censura a nuestro deseo de felicidad.

Este acto eleccionario y los que vendrán son para nosotros un paso más de posible construcción. Porque nuestra historia personal se construye día a día, arriesgando nuestra libertad en la aventura cotidiana, sin pretender ni desear que la política y el poder del estado nos sustituyan en nuestro protagonismo. Dado que nuestra dignidad es anterior y mayor que la política y el estado, a estos les reclamamos:

· Reconocer y respetar el valor de cada persona, desde su concepción hasta su muerte natural.

· Reconocer en concreto la libertad religiosa y eclesial, y el derecho a su expresión pública como aporte al diálogo necesario para la construcción social.

· Sostener la libertad pública de educación, consecuencia inmediata del respeto a la pluralidad de las personas.

· Apoyar la libertad de asociación, de iniciativa, de cooperación y de empresa.

· Privilegiar en donde sea posible el protagonismo civil antes que la acción directa estatal: tanta sociedad como sea posible, tanto estado como sea objetivamente necesario para facilitar la iniciativa personal y social.

Apoyemos a candidatos o agrupaciones donde esta experiencia encuentre un eco positivo. Favorezcamos con nuestro voto un mayor equilibrio parlamentario legislativo, un balance efectivo de los poderes republicanos y un serio debate político-público de la legislación, para que otras voces, que expresan las exigencias del corazón humano, sean escuchadas.

COMUNIÓN Y LIBERACIÓN – Junio 2009-

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MEMORIA: el conocimiento afectivo

Elogio del aprendizaje de memoria

Suele escucharse decir que aprender de memoria no es buen consejo a la hora de estudiar. Creo, en cambio, que es un paso muy importante a seguir porque sirve para profundizar bien el objeto de estudio. Debe aclararse que se suele aprender de memoria para exámenes de diversa índole como quien sortea obstáculos, valiéndose de la aptitud que tenemos en la memoria para poder finalmente aprobar el examen. Conseguido esto, generalmente se olvida con el tiempo lo que la mente retuvo. Para el caso son útiles -como sabemos- las mnemotecnias que nos permiten retener lo aprendido por más tiempo.

Sin embargo, hay que aprender de memoria. Pero en este ejercicio de retención en la mente, se debe volver periódicamente para recordar lo aprendido, como se riega una planta para darle vida. Sólo que el período de riego será distinto según la memoria de cada persona. Hecho esto, se mantiene en la mente lo aprendido y es un bagaje cultural y un tesoro personal que nos pueden ser útiles en cualquier momento. Ya decía Dante en su Commedia que no se hace ciencia habiendo entendido sin retener[1], visto que podemos entender varias cosas, pero si no las retenemos, luego es probable que las olvidemos.

Una ventaja importante que comporta el aprendizaje de memoria de un hecho científico, mediante la experiencia racional de la vida, es que damos con el conocimiento, lo que puede ser llamado “episteme”. Ésta suele ser contrapuesta en la filosofía platónica a la “doxa”, que puede ser traducida como “opinión”. Éste es el enfoque epistemológico en relación a la memoria, la cual puede ser un camino fructífero para aprender. Y más aún cuando producimos conocimiento. Objetivo por antonomasia de la ciencia.

En inglés aprender de memoria se dice to learn by heart y en francés apprendre par coeur. Son expresiones idiomáticas. Y las señalo por la curiosidad de la presencia de la palabra “corazón” (heart y coeur). De alguna forma lo aprendido de memoria es por un motivo que en estas dos lenguas en principio fue por corazón (by heart y par coeur). Bien puede ser una razón afectiva el móvil del aprendizaje de memoria. Y esto los hablantes de inglés o de francés ciertamente no lo piensan hoy día cuando usan estas expresiones.

Ahora bien, el centro de la actividad racional como sabemos es la cabeza, pero en la Antigüedad Aristóteles situaba ese centro en el pecho, donde encontramos el corazón, que es motivo e instrumento de aprendizaje en las expresiones idiomáticas de las lenguas referidas. La relación me parece extraña, y a su vez, interesante porque muestra a las claras un comportamiento del ser humano ante la realidad. Y si nos detenemos en la palabra latina cor veremos que sus significados pueden ser tanto “corazón” como “inteligencia”, de manera que nos permite notar que la relación del conocimiento a través del afecto es evidente. Cor permanece en otras palabras de nuestro idioma tales como “a-cord-arse” o “re-cord-ar”. La relación aludida no nos resulta extraña ya que el hombre, tal como dice San Pablo en una de sus cartas, tiene el deseo de conocer (libido cognoscendi), y éste puede ser una forma de felicidad.


He encontrado una relación con respecto a la retención en la memoria de dos artes distintas, que son la música y la literatura. Con aquélla solemos retener las melodías que más nos gustan, y eso sucede sin que lo decidamos porque la mente retiene aquello que le gusta por estar escuchando con atención. Y en cambio, con la literatura, uno retiene los pasajes que más le gustan pero por una decisión. Creo que ambas artes son retenidas con más o menos conciencia, según el caso. A mí personalmente me ha pasado con poesía. Leyendo y releyendo el último canto del Paraíso de la Commedia de Dante noté con asombro que al cabo de varias lecturas y meditaciones algunos versos quedaban en mi memoria. Al principio quizá un par de versos, luego ya un terceto entero, luego otros más. Éste fue el motivo a que me decidiera a ir por más, y he aprendido todo el canto, que está compuesto por estrofas de tres versos. Los versos pares riman entre sí, y asimismo los impares, de manera que aprenderlos no resulta difícil. El genio de Dante se cuidó inclusive de estos detalles. La estructura de las estrofas es tal como si fueran anillos que engarzan unos con otros sucesivamente.

Ahora, en estos meses he aprendido poesías de Borges de memoria. El mejor hacedor poético de la lengua castellana[2]. Y luego de haber tenido esta experiencia con los dos poetas, puedo decir que es algo enriquecedor. Cada tanto vienen de improviso versos a la memoria cuando me pasa algo que estos versos poetizan. La melancolía, por ejemplo: “El hoy fugaz es tenue y es eterno; / otro Cielo no esperes, ni otro Infierno” en versos de Borges (poema “El instante”) por nombrar un caso.

El camino de la memoria hay que recorrerlo con paso decidido. Y las formas son muchas, como puede ser leer, hacer crucigramas u otras. Yo propongo la de aprender poesías de memoria, ya que la poesía puede ser alimento vital del alma, y porque no sólo de pan vive el hombre. Nuestra mente y la vida siguen siendo un misterio, y siempre lo serán. Ahondar en éste usando la memoria es una manera de afrontar la vida amorosamente, by heart.

Lucas Esandi

[1] Par. V, vv. 41-42: …non fa scïenza, / sanza lo ritenere, avere inteso.
[2] Así como Dante habla de Arnaut Daniel en Purg, XXVI, v. 117. como il miglior fabbro del parlar materno (“el mejor forjador del hablar materno”). Se refiere a los poetas en lenguas vernáculas y no en latín, que en caso de este famoso poeta es el provenzal. Dante en este pasaje metaforiza el arte de hacer versos con el herrero que forja versos con su arte y relumbran como el oro.

U2 - No Line On The Horizon

U2: No Line On The Horizon
(La portada es una imagen del mar encontrándose con el cielo, del artista y fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto)


Estalla un riff de la distorsión de la guitarra de The Edge y comienza a sonar la tremenda potencia de la voz de Bono en la primera canción que lleva el nombre del reciente disco de U2, No Line On The Horizon. Con esta flamante entrega, y la incorporación de Daniel Lanois y Brian Eno en la producción, creo que estamos hablando de uno de los mejores discos históricos editados por la banda. Se trata de una producción muy cuidada y muy bien pensada artística y musicalmente. La conjunción de sonidos sónicos -que parecen querer manifestarse como un paso adelante con respecto a lo que uno escucha normalmente- esta vez se entremezcla con la deliciosa marca de reminiscencias del estilo musical de viejos himnos, al mejor estilo irlandés de la banda. “Vamos a intentar crear un nuevo sonido y entregar una obra maestra", comentaba Lanois mientras trabajaban en este álbum.



También aquí la lírica de Bono entusiasma por la profundidad, así lo vemos expresado en Magnificent , una de las canciones más interesantes del álbum.
Nací para cantar para ti,
no tenía más remedio que levantarte
y cantar cualquier canción que quisieras
Te doy mi voz de nuevo
Desde el vientre mi primer llanto, era un ruido alegre…”
En el tiempo de globalización que vivimos, y de gran sucesión de hechos dramáticos y conflictos mundiales, las palabras de Bono suenan como un taladro que penetra en la realidad y marcan un camino. Así lo expresa el estribillo en la misma canción:
“Sólo el amor, solo el amor puede dejar una marca
Pero sólo el amor, sólo el amor puede curar una cicatriz…”

Así habla Bono cuando comenta cómo surgió el título del álbum, una “imagen del infinito”. “Es como cuando vas hacia adelante, pero no estás exactamente seguro hacia donde – ese momento donde el mar y el cielo se convierten y se mezclan en uno”.
Para estos “buscadores del infinito” el futuro es prometedor.
Emiliano Kakisu

Recorrido por algunos Preludios de Rachmaninov

¿Por qué escuchar los Preludios de Rachmaninov? La respuesta habitual sería: por su belleza. Pero, ¿qué es la belleza? Algo es bello cuando es capaz de hacer vibrar mi persona por entero, es decir, cuando pone de relieve la atención hacia lo que puede en verdad satisfacerme. Es interesante escuchar los Preludios porque tocan esta altura de nuestra persona.

Don Giussani señala a propósito de estas piezas, que “la novedad del mundo existe si el hombre pertenece”. Lo que diferencia a Rachmaninov de Beethoven y Chopin es el golpe humano, la palabra dicha, “la impresión y la experiencia que se realiza escuchándolo”. Sus melodías documentan “el espesor de humanidad que lo generó”: un pueblo cristiano, relaciones concretas, rostros y cosas. La pertenencia le permitió un camino más directo a la meta. Vemos en Rachmaninov desde qué certeza y riqueza es generado el hombre singular.

Cómo define la música Rachmaninov
“La música es una calma noche de luna, un murmullo estival de hojas, un campaneo lejano en la noche. Es amor. Hermana de la música es la poesía y su madre el sufrimiento. Debe ser la suma total de las experiencias del compositor.”

Cómo define la función del Preludio
“La función no consiste en expresar un estado de ánimo, sino en inducirlo.”

Guía para la escucha
Escucharemos una selección de cinco preludios con un breve comentario intercalado, cerrando cada comentario con una pregunta surgida de la música.

1- Op. 3 no. 2. Do sostenido menor.



Este famoso preludio fue escrito por Rachmaninov a los 19 años. Se abre con tres notas, tres campanas que suenan a muerte. La melodía es de una profunda angustia, se sostiene la mirada sobre ella con insistencia. Pero el dolor que expresa no se cierra sobre sí mismo, concluye como una mirada tensa puesta en el horizonte, a la espera de una respuesta que no puede venir de nosotros. La vida es dolor (in hac lacrimarum valle como dice la Salve Regina), ¿qué puede transformarla en una fiesta?

2- Op. 23 no. 2. Si bemol mayor.



Este ciclo de preludios (Op. 23) los escribe diez años después del anterior.

En este preludio el piano recuerda también el sonido de las campanas, pero esta vez, de una irrefrenable positividad. Las notas son como un amanecer. El sol que amanece a pesar de mí, a pesar de todas las objeciones, de todos mis razonamientos. El dolor no se va, pero el sol se levanta lo mismo y todo nuestro ser pide levantarse y caminar, y levantándose presiente que también allí hay Otro presente. ¿Por qué este inicio? ¿De dónde esta positividad?

3- Op. 23 no. 5. Sol menor.



Este preludio comienza con una suerte de marcha que, como tal, no acepta interferencias, ya lo sabe todo y es bueno así. Pero una ventana se abre de par en par e irrumpe una melodía deseosa, como una noche estrellada, en donde se hace presente la espera original del hombre. El corazón del hombre quiere algo infinitamente más grande que su medida. Con todo, la marcha se retoma, más firme y altiva que nunca, redoblando su resistencia: "yo me basto solo".
Y la pregunta: ¿Pero no es más grande amar el infinito?

4- Op. 32 no. 10. Si menor.



Este ciclo de preludios se compuso diez años después que el anterior.

Este preludio, se dice, era el más querido por Rachmaninov. Expresa una nostalgia profunda por la ausencia de su patria. Patria entendida como pueblo, personas, cosas desde donde había tomado consistencia su vida, su personalidad y su identidad. La nostalgia es por algo que era su sostén. Ese lugar no está, “Tu proverai sì come sa di sale/ lo pane altrui, e come è duro calle/ lo scendere e 'l salir per l'altrui scale.”, tú gustarás cuán sálado es el pan ajeno, y cuán cansador es subir y bajar por escaleras ajenas (Par. XVII, 58-60). ¿Dónde podré encontrar descanso?

5- Op. 32 no. 13. Re bemol mayor.



Tres notas abren este preludio, tal como veinte años antes sucedía con el primero que escuchamos. Pero estas tres notas ascienden, son campanas que anuncian una buena noticia. Noticia que va tomando cuerpo lentamente, noticia que se enfrenta con la incertidumbre -¿es posible?-, y luego se abre en toda su fuerza: es una fiesta para todos, en la que pueden participar todos.
¿Qué puede ser capaz de darle a la vida humana una alegría así?

Las preguntas las deberá contestar cada uno. Pregunta que también se hizo Gregorio Nacianceno:
“¿Qué diferencia hay, oh Señor, entre el animal y yo? Ninguna, porque nazco como un animal, gimo, sufro, tengo sed, tengo hijos y muero como cualquier animal. Si no fuera tuyo, oh Cristo, sería criatura finita.”

Patricio Perkins

Inicio de clases en la universidad

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¿Por qué recomenzar?

“Amigos míos, en el corazón de cada hombre existe el deseo de una casa. En un corazón joven existe con mayor razón el gran anhelo de una casa propia, que sea sólida, a la que no sólo se pueda volver con alegría, sino también en la que se pueda acoger con alegría a todo huésped que llegue. (…)
Esta nostalgia no es más que el deseo de una vida plena, feliz, realizada. No tengan miedo de este deseo. No lo eviten. No se desanimen a la vista de las casas que se han desplomado, de los deseos que no se han realizado, de las nostalgias que se han disipado. Dios Creador, que infunde en un corazón joven el inmenso deseo de felicidad, no lo abandona después en la ardua construcción de la casa que se llama vida.”

Benedicto XVI


La universidad es nuestra casa. Incluso en medio del caos que reina, nuestra espera original sigue presente.

Para este nuevo inicio… ¿Cuál puede ser nuestro punto de partida?


Toda la necesidad que la realidad, tal como se da, despierta en nosotros: ¿para qué realmente estudio? ¿Por qué un examen bien dado no es suficiente? El punto de partida no puede ser una idea o el pensamiento de alguien, tiene que ser un hecho, un hecho que vivamos nosotros.


Y para construir una casa, se precisa también de un método con el que verificar si la construcción avanza sobre suelo firme o no. La casa que se llama vida también tiene un método.


El método para construir nuestra casa es seguir hasta el fondo esta necesidad, comparándola con lo que sucede. Es muy simple, se llama juicio: por ejemplo, ¿podemos pasar por la universidad y sólo haber aprendido ‘opiniones’? Evidentemente no. El juicio es reconocer lo que tenemos delante, y verificar si nos corresponde. Pero no cualquier correspondencia, sino la correspondencia entendida como respuesta a nuestra necesidad en toda su amplitud original: “inmenso deseo de felicidad”, “deseo de una vida plena, feliz, realizada”.

Juzgar así es el único método que nos hace hombres. Si no lo aplicamos, o hacemos lo que nos dicte algún otro (no partiendo de hechos sino de ideas), somos esclavos de nuestras actividades: tengo que estudiar, tengo que rendir los exámenes, tengo que...

Nuestra vida se vuelve un ángulo cerrado.

Ahora, ¿cuál es nuestro juicio? Recomenzamos porque encontramos personas que valoran todo lo humano, que valoran nuestra búsqueda de la verdad, nuestra espera, sin ahorrarnos ningún trabajo, poniéndonos en la posición justa para construir. Encontramos (no pensamos) una realidad que hace de nosotros un ángulo abierto hacia el Infinito.

Por eso, no somos más inteligentes, ni nuestras circunstancias son más favorables, tampoco nos interesa sustituir a nadie: vimos una humanidad cambiada y la seguimos. Esta es nuestra inteligencia, este es nuestro método. A esto te invitamos.

COMUNIÓN Y LIBERACIÓN UNIVERSITARIOS (CLU)
comunionyliberacion@gmail.com

Para bajar el archivo (.doc):
http://www.scribd.com/doc/13147812/Juicio-Clu-09

Manifiesto: «NECESITARÍAMOS UNA CARICIA DEL NAZARENO»

ELUANA ENGLARO

«La existencia es un espacio que se nos regala y que debemos llenar de sentido, siempre y en cualquier caso» (entrevista a Enzo Jannacci, médico y cantautor, publicada en el Corriere della sera del 6 de febrero de 2009).
¿Acaso una vida como la de Eluana se puede llenar de sentido? ¿Lo sigue teniendo ahora?
La muerte de Eluana no ha acallado estos interrogantes. Al contrario. No se ha acabado todo con el fracaso de quienes tenían la esperanza de que siguiera viviendo, o con la liberación de quienes no aguantaban su situación. El reto, ahora, se hace más radical para todos.
Su muerte es como un aguijón que nos interpela a cada uno de nosotros: ¿cómo hemos contribuido a colmar su vida de significado?, ¿cómo hemos acompañado a los que han sufrido más directamente su situación, empezando por su padre?

Cuando la realidad nos pone a prueba, nuestras medidas no son capaces de proporcionarnos ese sentido que, sin embargo, necesitamos para seguir adelante. Y es, sobre todo, frente a circunstancias dolorosas e injustas, que no parecen destinadas a cambiar o solucionarse, cuando surge la pregunta: ¿qué sentido tienen?
Si nos quedamos atrapados en nuestra razón reducida a medida, incapaz de sostener el impacto de la contradicción, crece la sensación de vacío. Lo cual nos aterra y nos deja solos con nuestra impotencia y con la sospecha de que, en el fondo, todo acaba en la nada.

¿Acaso podemos “llenar de sentido” una vida cuando nos encontramos frente a una persona como Eluana? ¿Podemos soportar el sufrimiento cuando supera nuestra medida? Imposible por nosotros mismos. Necesitamos contar con la presencia de alguien que viva con un sentido pleno esa vida que nosotros mismos vivimos a menudo como un vacío demoledor.

Ni siquiera a Cristo se le ahorró el dolor y el mal, e incluso la muerte. ¿En qué fue distinto de nosotros? ¿En que fue mejor? ¿En que tuvo más energía moral? No sólo. Tan es así que, en el momento supremo de la prueba, pidió ser librado de la cruz. En Cristo fue derrotada la sospecha de que la vida fuese, en último término, un fracaso, porque en él venció la relación con el Padre.
Benedicto XVI ha recordado que «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida… podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular» (Spe salvi 26).

La presencia de Cristo es el único hecho que puede dar sentido al dolor y a la injusticia. Reconocer el bien que vence toda soledad y violencia es posible gracias al encuentro con personas que testimonian que la vida vale más que la enfermedad y la muerte. Para Eluana estas personas han sido las religiosas que la han cuidado durante tantos años, porque –como ha dicho Jannacci–, también hoy «necesitaríamos una caricia del Nazareno, ¡necesitaríamos tanto una caricia suya!». La caricia de aquel hombre que hace dos mil años, dirigiéndose a la viuda de Nain, le dijo: «Mujer, ¡no llores!».

10 de febrero de 2009
Comunión y Liberación
(Este manifiesto fue repartido como volante el 2 de marzo, en la Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires)

“Yo, que incansable corro tras la hija ardiente de una visión”

Un recorrido por las Rimas de Bécquer

El otro día cayeron en mis manos una vez más las Rimas de Bécquer. Varias veces las había comenzado, pero esta vez no pude frenarme y las leí hasta el final. Da gusto leer sus versos, son simples y claros. Además, se pueden guardar algunos en el bolsillo para sorprender a alguna chica desprevenida. Alguien podría aprovechar este como un piropo refinado:

Si al mecer las azules campanillas
de tu balcón,
Crees que suspirando pasa el viento

murmurador,
Sabe que oculto entre las verdes hojas
Suspiro yo. (XVI, 1-5)




Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, alias Gustavo Bécquer (1836-1870)











Pero no fueron estos posibles beneficios prácticos de su poesía lo que me atrapó en la lectura, sino una intuición profunda de Bécquer que fui descubriendo a medida que avanzaba por el libro.
El primer factor con el que me topé al leer las Rimas es la falta de certeza que envuelve la existencia humana. El libro, de hecho, se abre con una descripción de lo que es el hombre:

Saeta que voladora
cruza arrojada al azar,
y que no sabe dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y se ignora
qué playa buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla próxima a expirar
y que no se sabe de ellos
cuál el último será;
eso soy yo que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni adónde
mis pasos me llevarán. (II)


“Ese soy yo que al acaso cruzo el mundo sin pensar”, este tópico se repite en otras poesías. Hay una en la que me detuve, porque el tema sufre un cambio peculiar: Bécquer introduce un nuevo y fascinante factor a la hora de definir qué es el hombre. Transcribo la poesía:

Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto;
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho!
Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego;
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.
En el mar en la duda en que bogo
ni aún sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro. (VIII)

Esta vez hay algo diferente: no comienza por la duda, sino por la maravilla que le provoca contemplar la naturaleza. Maravilla que se vuelve un deseo de aferrar el cielo entero, en esa medida amplia e imposible con la que se presenta a nuestros ojos. Este deseo desmesurado, como el horizonte azul o como la noche oscura, se transforma casi inmediatamente en una certeza que atraviesa incluso “el mar de duda en que bogo”. Tan potente se revela el sentir, que presiente, intuye que está hecho por Otro, por algo divino, inconmensurable, infinito.
Este es el segundo factor que me interesa señalar: Bécquer reconoce, afirma y quiere poseer la medida inconmensurable que la naturaleza despierta en él, amplitud tan potente que vence incluso la duda e incertidumbre en la que vive.
Me topé en otra poesía suya de nuevo delante de esta vehemente intuición sobre el deseo humano, abierto a la necesidad de algo imposible, infinito, inmenso.

—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.

—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.
—¡Oh ven, ven tú! (XI)

Ni el placer, ni la gloria están a la altura de lo que necesita, él necesita otra cosa: “un imposible, vano fantasma de niebla y luz”. Bécquer percibe en esta poesía el objeto del deseo –podríamos llamarlo, el Ideal- como aquello que ama, pero que no es capaz de hacer o producir, es algo que está fuera de la capacidad del hombre. Ahora, este reconocimiento está rodeado de una lejanía, de una extrañeza, de “una niebla”: “Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte”.
¿Por qué el Ideal, el objeto de su deseo es lejano? Porque, para él, no se puede hacer experiencia de este objeto anhelado. Aquí está la lejanía más dura, porque con esto está afirmando que lo que necesita, lo que anhela es algo de lo que no puede ni podrá hacer experiencia. Sin embargo, no deja de reconocer la necesidad ineludible que determina su ser: “—¡Oh ven, ven tú!”.
Continué leyendo el libro y me encontré con otra bellísima poesía. En esta, Bécquer concibe todo su ser como relación con un tú, pero no cualquier tú –sería una equivocación pensar que le está hablando a una mujer-, sino uno con T mayúscula, un Tú. La profundidad de las imágenes hace claro que está hablando de un tú especial, está hablando del anhelo de los anhelos:

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.
¡Tú, sombra aérea que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces
como la llama, como el sonido,
como la niebla, como un gemido
del lago azul!
En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.
¡Yo, que a tus ojos en mi agonía
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión! (XV)

Este Tú es una belleza que huye, que está siempre más allá de sus intentos, “cuando voy a tocarte, te desvaneces”, y él es deseo de ella, “ansia perpetua de algo mejor”. Este Tú acapara toda la atención del poeta (“Yo, que a tus ojos…los ojos vuelo de noche y día”), ya no es cualquier mujer, se entrevé la presencia de algo más, “la hija ardiente de una visión”, es decir, el Ideal que nunca nos da tregua.
Pero esta vertiginosa intuición dura poco y pronto se vuelve amargura. Parece que el primer factor, la duda, retoma su protagonismo perdido:

Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar... andar.
Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón:
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae,
y cae sin cesar.
(…) (LVI)

Ya no es la falta de certeza sobre la existencia, sino la afirmación del fracaso del hombre: “El alma, que ambiciona un paraíso (…) fatiga sin objeto”. Si el deseo profundo del hombre no puede verse satisfecho, si sólo podemos ir de desengaño en desengaño, estúpido es el corazón que nos mantiene vivos. La constante insatisfacción se vuelve amargura y monotonía:

La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
¡despertar es morir! (LXIX)

La amargura de Bécquer responde a un hecho fundamental: el amor y la gloria no bastan para satisfacer la sed infatigable del hombre. Se necesita otra cosa, se necesita a Otro.
Quizás muchos tópicos de estas poesías tengan que ver con las influencias y la situación histórica que él vivía. Muestran ciertamente una fractura en el interior del siglo XIX que heredamos también nosotros: la división entre lo que hago, pienso y siento y aquello que verdaderamente necesito. La división se traduce en una extrañeza delante del deseo de totalidad presente en el hombre, o más bien, en el caso de Bécquer, en una separación: el deseo existe, pero la respuesta no será nunca experimentable.
El recorrido que hace Bécquer puede ser el recorrido de cada uno de nosotros: ¿quién es capaz de reconocer y sostener esta afirmación: yo estoy hecho para la totalidad, para el Ideal? Cuando experimentamos esta amplitud del deseo que él documenta, ¿acaso no se cuela, un instante más tarde, el juicio amargo: "no es verdad este deseo, no es verdad que yo pertenezco a una medida inmensa"?
Esta medida inmensa que no da tregua es el testimonio que quiero señalar en Bécquer: estamos hechos para un imposible, o mejor aún, somos tensión hacia ese atractivo inconmensurable, porque hay algo divino dentro de nosotros. Censurar, tapar, ocultar esta experiencia (subrayo experiencia, porque estamos hablando de un hecho experimentable, como lo muestra la poesía VIII) es nuestra inmoralidad. Reconocerla, afirmarla y querer poseerla es la pequeña semilla desde donde puede crecer nuestra libertad, porque la libertad es la capacidad que nosotros tenemos para tender hacia este gran Atractivo, “la hija ardiente de una visión”.

Patricio Perkins