POETRIA MINOR

O "Los Poetas Menores" de El Capaneo:
un hermano menor, pero ruidoso e inquieto,
que quiere salir a jugar...


Abrimos esta sección de poetas jóvenes y desconocidos (algunos, aun para sí mismos), que decidió retoñar de las entrañas del gigante CAPANEO, alimentándose de su POETRIA MAIOR.

Poetria, para que puedan darse cita los ejercicios de creación y traducción poética de los amigos.

"Minor", como un gesto de reverencia conmovida que hacemos hacia los grandes poetas (porque reconocemos la grandeza), pero no menor en dignidad, porque surge del mismo palpitar humano del corazón.

Un seminarium, un "semillero": una escuela de poetas y traductores...
Para cuidar a los hermanos menores.


Revista Universitaria El Capaneo




Terremoto en Haití

La fuerza misteriosa de la vida que no se rinde
25 Enero 2010

Invitamos a leer la carta de nuestro amigo Alver Metalli, quien se encuentra realizando la cobertura periodística en la capital haitiana, publicada por el Centro Cultural Charles Péguy.


Terremoto en Haití

TERREMOTO EN HAITÍ
Nuestra vida pertenece a Otro

«Cuando algo inevitable sucede, se pone de manifiesto que nuestra vida no está en nuestras manos. “Inevitable” es el término que mejor clarifica que nada nos pertenece, y, sobre todo, que no nos pertenece aquello de lo que deriva todo. Nuestra vida pertenece a Otro.
En este sentido, se comprende por qué la vida del hombre es dramática. Si no perteneciera a Otro, sería trágica. Todo en la vida estaría abocado a la nada. La tragedia se produce cuando una construcción se derrumba y todas las piedras, las tapias, los muros se hunden. No se mantiene en pie nada de lo que había antes, de lo que habíamos vivido hasta hace una hora, hasta hace cinco minutos. Y esto es trágico. La tragedia es la nada como meta, la nada de lo que existe.
En cambio, si todo pertenece a Otro, a Algo distinto, entonces la vida del hombre no es trágica, es dramática: “Reconozco que te pertenezco, reconozco que el tiempo no es mío, que no me pertenece, que el tiempo que he vivido hasta hoy no me pertenecía. Toma mi vida, reconozco que no me pertenece, acepto que no me pertenezca”.
El que posee nuestro tiempo se ha entregado por nosotros; se presenta ante nuestra mirada y nuestro corazón como el que ama nuestro destino, el que ama nuestra felicidad, hasta el extremo de que el Señor del tiempo muere por nuestro tiempo. El Señor, Aquel a quien pertenece el tiempo, es bueno».
(L.Giussani, ¿Se puede vivir así?)

«En estos días nuestro pensamiento se dirige a los queridos hermanos de Haití, con una incesante súplica a Dios. Sigo y animo los esfuerzos de las numerosas organizaciones caritativas que se están haciendo cargo de las inmensas necesidades del país. Rezo por los heridos, por los sin techo y por cuantos han perdido trágicamente su vida».
(Benedicto XVI, Angelus del 17 de enero de 2010)

La certeza de pertenecer a Otro sostiene nuestra esperanza y hace que sintamos como nuestro el drama de nuestros hermanos de Haití.
Por esto, acogiendo el reclamo del Papa,
apoyamos la colecta de fondos lanzada por AVSI
para intervenir a favor de la población
y afrontar la grave emergencia humanitaria surgida en la isla.
AVSI está presente en Haití desde 1999
con proyectos de apoyo a la realidad local.
Para apoyar las actividades de AVSI,
la colecta se efectúa a través de ACDI,
su contraparte operativa en Argentina:

Banco: HSBC, suc. 656. Cta. Cte. en Pesos nº: 656-320942-3
Titular: Asociación Cultural para el Desarrollo Integral
CUIT: 30-65509319-9 CBU: 1500656300065632094232

Donaciones online y más información: www.avsi.org

También CESAL –organización española ligada a AVSI, presente en Haití- promueve una colecta. Más información: www.cesal.org
Enero 2010
COMUNIÓN Y LIBERACIÓN

Navidad 2009: "Aquella nostalgia por el Infinito"

La Ternura de Dios por el hombre
Hay una frase de Dostoievski que me está acompañando en estos meses, a la hora de hablar del cristianismo a personas muy diferentes, tanto en Italia como en el extranjero: «Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, creer verdaderamente, en la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios?». Esta pregunta es un reto para cada uno de nosotros. De cómo se responda a ella depende el éxito de la fe en nuestros días. En un discurso de 1996, el entonces cardenal Ratzinger respondía que la fe seguirá siendo válida hoy «porque se corresponde con la naturaleza del hombre. En el hombre hay un anhelo y una nostalgia inextinguibles de lo infinito». Y además indicaba la condición necesaria: para poner de manifiesto todo el alcance de su pretensión, el cristianismo necesita encontrar la humanidad que late en cada uno de nosotros.
Y, sin embargo, cuántas veces sentimos la tentación de mirar nuestra humanidad concreta – por ejemplo, nuestro malestar, insatisfacción, tristeza, o aburrimiento – como un obstáculo, como una complicación y un estorbo para la realización de lo que deseamos. Por ello, nos enfadamos con nosotros mismos y con la realidad, y el peso de las circunstancias nos abruma, mientras tratamos de avanzar dejando de lado ciertos “aspectos” de nuestro yo. Sin embargo, el malestar, la insatisfacción, la tristeza y el aburrimiento, no son síntomas de una enfermedad que se pueda tratar con medicinas, como cada vez más sucede en una sociedad que confunde la inquietud del corazón con el pánico o la ansiedad. Estos síntomas, por el contrario, son señales de cuál es la naturaleza de nuestro yo. Nuestro deseo es más grande que el universo entero. La percepción de un vacío en nosotros y en lo que nos rodea, de la que habla Leopardi (“carencia y vacío”), y el aburrimiento del que habla Heidegger, prueban la condición ineludible del corazón humano, el carácter inconmensurable de nuestro deseo: nada consigue darle satisfacción y paz. Podemos olvidarlo, traicionarlo, engañarlo, pero no podemos extirparlo.
Por ello, lo que realmente obstaculiza el camino no es nuestra humanidad concreta, sino el descuido de la misma. Todo nuestro ser pide a gritos algo que pueda colmar este vacío. Lo intuyó incluso Nietzsche, que no pudo evitar dirigirse al “dios desconocido”, que hace todas las cosas: «Me quedo solo, levanto mis manos / (…) “Al dios desconocido”: / (…) Conocerte quiero – a ti, el Ignoto, / Que penetras mi alma hasta el fondo, / Como tempestad sacudes mi vida, / Inaferrable y sin embargo ¡semejante a mí!» (1864).
La Navidad es el anuncio de que este Misterio desconocido se ha convertido en una presencia familiar, sin la cual nadie podría mantenerse a la altura de su humanidad, pues sucumbiría a la confusión, viendo como se “descompone” su yo. «Sólo lo divino – en efecto – puede “salvar” al hombre, es decir, las dimensiones verdaderas y esenciales de la figura humana y de su destino» (don Giussani).
El signo más persuasivo de que Cristo es Dios, su mayor milagro, lo que asombraba a todos – más que las dolencias sanadas o la ceguera curada – era una mirada humana incomparable. El signo de que Cristo no es una teoría ni un conjunto de reglas es esa mirada de la que están llenos los Evangelios: su forma de tratar la humanidad de cada persona, de relacionarse con todos los que se encontraba. Pensemos en Zaqueo o en María Magdalena: no les pidió que fueran distintos, los abrazó tal como eran, con su humanidad herida, sangrante, necesitada de todo. Y su vida, al verse abrazada, recobraba toda su estatura original.
¿Quién no desearía verse mirado así ahora? De hecho, «no podemos querernos a nosotros mismos si Cristo no es una presencia como la madre lo es para su hijo. Si Cristo no es una presencia ahora – ¡ahora! –, no puedo amarme, ni puedo amarte a ti, ahora» (don Giussani). Esta sería la única manera de responder, razonable y críticamente, como hombres de nuestro tiempo, a la pregunta de Dostoevski.
Pero, ¿cómo sabemos que Cristo vive ahora? Porque su mirada no es un hecho del pasado. Sigue en el mundo tal cual: desde el día de su resurrección, la Iglesia existe sólo para que el hombre pueda experimentar la ternura de Dios, a través de las personas que son su cuerpo misterioso, testigos en este momento de la historia de esa mirada capaz de abrazar todo lo humano.
Julián Carrón, responsable de Comunión y Liberación
publicado el 24 de diciembre en el diario El Mundo (España) y Corriere della Sera (Italia)

El Secreto de sus Ojos. Un comentario a la película de Campanella


La película El secreto de sus ojos fue un éxito. No es extraño. Buena técnica cinematográfica, equilibradas actuaciones, chistes porteños y la cuota necesaria de morbo y suspenso. Me gustaría hacer un comentario, así que no sigan los que no la hayan visto: los que sigan, supongo que ya la vieron.

Terminó la película y la última escena no logró sacarme el sabor amargo, melancólico de algunas preguntas de Espósito (¿cómo haces parar vivir sin ella, para llenar el vacío?). Incluyendo la escena final. La confesión mutua de amor de Irene y Espósito –con el beso final-, ¿es capaz de levantar el peso de las preguntas que Espósito va haciendo durante la película? Me parecen demasiado grandes para responderse con un beso.
Hay una cierta sintonía -a pesar de las diferencias- entre El Secreto de sus ojos y Luna de Avellaneda. Ya en Luna de Avellaneda, Campanella nos regalaba una película simpática, pero también amarga -¿porteña quizás?-. La escena que la abre tiñe toda la trama: el otrora club colorido, vivo y de fiesta es hoy algo pasado, marchito. Todo decae y el trasfondo de melancolía se endulza un poco al final. Quiero decir que no rescata la caída, es sólo una chispita, una acción aislada del protagonista, pero en la trama predomina la caída de las energías humanas, esa conciencia melancólica que encierra la frase “todo decae”.
¿Por qué lo traigo a colación? Porque encuentro que El secreto de sus ojos tiene también dentro esta caída melancólica, pero más intensa: ya no se trata de un club o de conseguir un trabajo, sino de una injusticia dolorosa: la violación y el asesinato de una joven, bella e inocente, recién casada. No es un club que se subasta, es una vida que muere sin razón, violentamente, arrancada de un golpe de las manos de su recién devenido esposo. Allí nos muestran su cuerpo desnudo, retorcido, golpeado y ultrajado, tirado sobre la cama del dormitorio como un trapo viejo. Benjamín Espósito ve el cuerpo y se pasma, investiga la situación de la chica e inmediatamente se siente identificado, impulsado a comprometerse con el caso y a encontrar al homicida.
¿Por qué? Parecen haber dos historias en El secreto de sus ojos: una, el homicidio de la joven y la búsqueda de una justicia para el esposo de ella. El problema es cómo cerrar la herida de su ausencia. Espósito y el viudo responden a este problema buscando al asesino para encerrarlo para siempre. Quizás así pueda el viudo olvidarse del amor de su vida. La otra historia es simétrica a esta, pero trata sobre la relación de amor entre Espósito e Irene. Espósito está perdidamente enamorado de ella, pero como son de diferentes clases sociales, ella parece inaccesible. Además él la conoce y al poco tiempo ella anuncia su compromiso y casamiento, cerrándole las posibilidades que tenía, (aunque no faltaban señales de simpatía por parte de Irene que despertaran alguna esperanza).
Por ello, el compromiso con el caso y la enorme empatía con el viudo: ambos perdieron su gran amor.
Las dos historias se cruzan cuando dialogan Espósito y el viudo: Espósito lo mira, se obsesiona con él y lo acorrala con preguntas porque intuye que la respuesta al problema del viudo será la respuesta a su problema (¿cómo haces parar vivir sin ella, para llenar el vacío de su ausencia?).
Espósito, figura del hombre que ama la justicia, yendo en contra del ambiente que lo rodea (en un momento el juez del juzgado donde trabaja define una acción suya como una “quijotada”), encuentra al asesino y con Irene logran la condena. Pero el asesino es liberado poco tiempo después para ser enrolado en las fuerzas paramilitares de la época. La impotencia es total. Sin embargo, el viudo no se quedará con las manos vacías y atrapará nuevamente al asesino, encerrándolo en una celda de su casa para siempre, como modo para olvidar la ausencia de su mujer. Por la liberación del asesino, Espósito tiene que irse a vivir al norte y separarse de Irene. De hecho, habían intentado asesinarlo y su compañero, Sandoval, estando ocasionalmente en el departamento de Espósito recuperándose de una borrachera, al ver entrar a los asesinos, se hizo pasar por Espósito y dio la vida por su amigo (borracho que bien podría entrar dentro de las bellas filas del Marmeladov de Crimen y Castigo o del Santo bebedor de Roth). Años más tarde, ya jubilado, divorciado, vuelve Espósito con la espina clavada por haber dejado pasar en su momento la oportunidad de casarse con Irene. Por miedo no le había dicho que la amaba y ahora ella está casada y con dos hijos. ¿El desenlace, entonces? Declara su amor e Irene acepta. Un beso y se baja el telón.
Encuentro ahí la respuesta estrecha, incapaz de sostenerse puesta en la balanza junto a las preguntas llenas de preocupación de Espósito. Esas preguntas que nos hacemos, que vemos el océano inmenso que representan y que acostumbramos resolver con algo más pequeño, parecido a una frazada corta en una noche de invierno con la que intentamos e insistimos, aunque al final el frío entra lo mismo, quitándonos el sueño.
Campanella dijo que lo que más le entusiasma de la película es que hay dos historias: una que pasa por el guión y otra por las miradas. Me gustaría a mí también pensar en dos historias: una la historia humana, empapada de un anhelo de amor, justicia y belleza, pero destinada a decaer, a estrellarse contra imposibles. Cómo escribe el poeta Pär Lagerkvist: “Un desconocido es mi amigo/uno a quien no conozco/ un desconocido lejano, lejano/ por él mi corazón está lleno de nostalgia/ porque él no está cerca de mí/ ¿Quizás porque no existe?/ ¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia/ que llenas toda la tierra de tu ausencia?
Otra, la sombra de la historia narrada en la película, la historia de otro tipo de imposible: la historia de la respuesta real a las preguntas reales de Benjamín Espósito, la espera de una respuesta adecuada, esperar que acontezca lo imposible, lo inmenso, lo que nunca nadie imagino, pero todos esperan.
Es verdad que sería trágico que nos contentáramos con menos ante estas preguntas inmensas, pero más trágico es no hacerlas, evitar el gusto amargo, la tristeza por un bien ausente, por algo que dentro de todo lo que hacemos, nos falta. Sólo agregaría una cosa: necesitamos comprender el significado de esas preguntas, porque estamos hechos para la respuesta a la que apuntan. Una respuesta real.

Patricio Perkins

Notas sobre el fallecimiento de Alberto Methol Ferré






Extractos del artículo El hombre y el puerto, escrito por Alver Metalli para Páginas Digital (16/11/2009)

Con la muerte de Alberto Methol Ferré, América Latina pierde uno de sus intelectuales más fecundos por su producción y más originales por su pensamiento. Y muchos pierden un amigo.

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Alberto Methol Ferré nació en marzo de 1929, cuando Uruguay gozaba de la prosperidad que le venía de la reconstrucción post-bélica europea. Años de oro, cuando los silos del puerto de Montevideo se llenaban de granos, containers repletos de carne destinada a los puertos del Viejo Mundo que buscaba renacer. ¡Bendito el plan Marshal que significó comercio y riquezas para estas latitudes! "Pradera, puerto y frontera", para usar la imagen con la que Reyes Abadie fotografió el destino próspero de la naciones más pequeñas de América del Sur. ¡Y bendito puerto! Porque los uruguayos le deben todo a su puerto. La vida de Methol Ferré tuvo mucho que ver con el puerto. Fue alto funcionario de la Administración Nacional de Puertos durante 30 años, además de miembro de la Academia de Historia Marítima y Fluvial del Uruguay. Se retira del puerto con el cargo de vicedirector, tras haberse solidarizado con una huelga general contra el golpe militar, cuando no estaba bien visto hacerlo. Se sabe que los puertos son formidables cruces. De gentes, de ideas, de tráfico. En los puertos los confines están siempre en movimiento.

La vida de Methol Ferré tuvo mucho que ver con el puerto. Fue alto funcionario de la Administración Nacional de Puertos durante 30 años, además de miembro de la Academia de Historia Marítima y Fluvial del Uruguay. Se retira del puerto con el cargo de vicedirector, tras haberse solidarizado con una huelga general contra el golpe militar, cuando no estaba bien visto hacerlo. Se sabe que los puertos son formidables cruces. De gentes, de ideas, de tráfico. En los puertos los confines están siempre en movimiento.
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Lo hace todo como autodidacta, un autodidacta del conocimiento, un devorador de libros ávido e insaciable, hábil para las grandes visiones geopolíticas. Al escucharlo, no resulta fácil creer que se haya adentrado solo en el mundo de los clásicos franceses, españoles y alemanes; es más bien un hombre de frontera que descubre los clásicos que un clásico que se esfuerza por alcanzar la frontera. Además, como laico, sostiene una tradición que muchos clérigos, en esos mismos años, ya habían abandonado; ésta es una de las paradojas a lo Chesterton, que tanto aprecia: «a él», ironiza, «le hubiera gustado que los laicos salvaran a Santo Tomás de los clérigos».


En 1955 funda una revista que desde su nombre, Nexo, sintetiza todo su programa: crear, de hecho, nexos, vínculos entre naciones, estrechar lazos e historias entre pensadores de distintos países de Sudamérica. El puente debía establecerse en primer lugar con Argentina, para luego abrazar el continente. La reflexión de Nexo abarca rápidamente toda América Latina, aquella América fragmentada por el nacimiento de las repúblicas independientes, repensada como unitaria por los Rodó, Vasconcelos, Ugarte, Fombona, Pereyra, Calderón, una generación -el ‘900 latinoamericano- a la que Methol se refiere frecuentemente: «La "generación nacional" latinoamericana, refundadora por antonomasia; creo que todavía no se la ha estudiado a fondo», se lamenta.
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En 1967 invitan a Methol Ferré a integrar la dirección de otra revista: Víspera. También en este caso el nombre sintetiza la idea inspiradora de la publicación y los objetivos programáticos. El Vaticano II, que ya había terminado en Roma hacía unos años, cobra actualidad en América Latina. La Iglesia del continente debe recapitular sus aportes en vista de la II Conferencia General, prevista para el mes de agosto del año siguiente, 1968. Una verdadera vigilia que Víspera se propone clarificar e interpretar. Desde sus páginas Methol Ferré observa y comenta el bullir revolucionario de América Latina. En 1968 escribirá un artículo de mucho peso, que moverá las aguas ya agitadas. Ernesto Che Guevara había sido asesinado poco tiempo antes en Bolivia (1967). Methol Ferré percibe con claridad el fracaso del proyecto revolucionario. La parábola del líder guerrillero y su fin representan, a su ojos, el prevalecer de una política de muerte y la muerte de toda política. Palabras que no pueden ser pronunciadas impunemente en el Uruguay de los años setenta. Se rompen sociedades, se laceran amistades de vieja data. Methol Ferré no desiste del análisis despiadado de los límites de la teoría del "foco" revolucionario. Asiste inquieto al intento insurreccional de los tupamaros en Uruguay. Presiente su nefasto resultado: allanarle el camino a la dictadura militar.
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En 1975, dos años después del golpe de estado en Uruguay, se le nombra miembro del equipo teológico-pastoral del Consejo Episcopal latinoamericano. La discusión con la teología de la liberación estaba candente en América Latina, y se intensifica, tanto en ámbitos institucionales como en universidades y periódicos. Methol Ferré es un crítico severo de esta corriente de pensamiento que conoce a fondo incluso por su relación personal con el mayor exponente: Gustavo Gutiérrez, que también trabajaba en la revista Víspera. Methol Ferré establece así su distancia. «Para los teólogos de la liberación, el marxismo no es una filosofía, no es un sistema total de comprensión de la naturaleza, del hombre y de Dios. Es considerado y tratado por ellos como un intento científico -a la manera de Althusser- de conocer la historia buscando captar las leyes relativas a la relación hombre-naturaleza-sentido. Por eso, la fe no quedaría marginada. Gutiérrez sostiene que la fe se comunica con la ciencia mediante la utopía, y que de este modo no habría yuxtaposición. Pero en su reflexión no se entiende qué significa la "mediación de la utopía". Yo pienso que, por el contrario, el carácter peculiar de la ciencia marxista reside en su esencial constitución como filosofía materialista, aun cuando puedan hallarse huellas de una inmanencia del judeo-cristianismo». Pero al mismo tiempo reconoce el valor de la teología de la liberación, viendo en ella «la reacción a un tomismo académico». «La teología de la liberación, escribe, se distingue de toda la teología precedente por la importancia decisiva que le asigna a la situación histórica de América Latina; lo que significó un empuje benéfico para las iglesias latinoamericanas que habían sido tributarias, por largo tiempo, de la influencia cultural europea». Propugna una teología de la liberación que tiene en Lucio Gera su referente. Tiene en común con Gera, y con otros, la acentuación de la religiosidad popular, de los pobres, de la cultura, de la historia latinoamericana, y desarrolla un acercamiento más comprensivo de la realidad latinoamericana.

En estos años de intenso trabajo en el CELAM se forma una vasta red de amigos en todo el continente, desde México a Brasil, desde Colombia hasta Argentina, pasando por Venezuela, Bolivia, Chile y Paraguay. Los puntos en común: la integración de América Latina, el vínculo con el pueblo católico y con los lugares de religiosidad popular, una idea de cultura cuyo centro es la visión cristiana del hombre, la revalorización de la Doctrina Social de la Iglesia en clave antropológica y social, la percepción de un nuevo adversario histórico, ya no el ateísmo de connotaciones mesiánicas sino una irreligiosidad profunda, extendida y persuasiva que Methol Ferré llama, con un término suyo, "ateísmo libertino". Confluye todo, y todos, en la tercera cumbre de la iglesia latinoamericana, en Puebla de Los Ángeles, en México, en 1979. Monseñor Antonio Quarracino, que sucede como presidente del CELAM al colombiano Alfonso López Trujillo, será su gran amigo y admirador.


El papado de Juan Pablo II es acogido con entusiasmo. Se unen lazos con el movimiento eclesial Comunión y Liberación, que después de sus inicios en Brasil en los años ‘60 comienza a estar presente en casi todos los países de América Latina. Se intensifican las relaciones a ambos lados del océano. Methol Ferré viaja a Italia, a Roma, para cumplir con la responsabilidad de asesor del Pontificio Consejo para Laicos, y sobre la rivera adriática para el Meeting anual que se desarrolla en la ciudad de Rímini. Colabora en la revista italiana Incontri, una publicación especializada sobre América Latina ligada al semanario Il Sabato. En 1983 se pasa la posta, de Incontri a Nexo: una empresa temeraria, una revista que quiere ser al mismo tiempo de militancia y de diálogo. Significativamente, la publicación recuerda a Latinoamérica, una gloriosa revista, fundada por los jesuitas en 1949. Latinoamérica termina su ciclo en vísperas del Concilio Vaticano II, inmediatamente después de la I Conferencia Episcopal latinoamericana de Río de Janeiro, en 1955. Nexo nace a la sombra de Puebla, vive los años del pontificado de Juan Pablo II y llega hasta el umbral del colapso del comunismo.
[...]


Le preguntamos cuáles se llevaría consigo si tuviera que elegir precipitadamente alguno. Se resistió antes de responder. Probablemente le turbaba la idea de tener que separarse de ellos. «Me podría llevar muchos», respondió seguidamente. Los de Ortega y Gasset, en primer lugar, cuyas páginas le introdujeron en los grandes temas de América Latina; los del español Unamuno, del ruso Berdiaev, del alemán Scheller, a quien debe el encuentro con la gran tradición cristiana y sus palabras clave. Luego la obra de Gilbert G. Chesterton, autor que asocia a su propia y verdadera conversión a fines de 1949. «Entendí por él que la existencia es un don, como la salvación y la fe; que se es cristiano por gratitud». Cristiano por gratitud. Por habérselo escuchado decir tantas veces, ya no nos sorprende. La alegría y el buen humor de Methol Ferré llaman la atención. «Desde que descubrí que la Iglesia es una realidad de hombres lietos ["gozosos"], hace sesenta años, la vida me parece cada vez más una novedad sustancial» .

No se olvidaría tampoco de recoger los textos de Gilson, de Lucio Gera. Las obras de Haya de la Torre y los escritos de Juan Domingo Perón encontrarían ciertamente lugar en su valija; de hecho, se siente deudor de ambos en cuanto a su visión política «a causa de la extensa batalla por la integración y la industrialización de América Latina que han llevado a cabo», precisa. Y las obras de Augusto del Noce. El filósofo italiano representa la última influencia de su madurez intelectual.

Su relación con Del Noce es una página que, tarde o temprano, convendrá explorar con mayores detalles de los que alcancemos a anticipar en estas suscintas notas biográficas. Lo conoció personalmente en 1982. El antecedente se remonta a la III Conferencia General del episcopado latinoamericano. En la linda ciudad de Puebla los conciliábulos entre los participantes están a la orden del día. En un momento del trabajo le pregunta a un querido amigo, el doctor Guzmán Carriquiry, también uruguayo, que vive desde hace muchos años en el Vaticano, qué filósofo católico italiano merecería consideración. Le menciona a Del Noce. El doctor Carriquiry vuelve a Italia y poco después le envía El suicidio de la revolución. El vaticinio del suicidio de las revoluciones, rigurosamente fundado, es suficiente para encender el interés de Methol Ferré. Un interés secundado por el destino. «El azar quiso», recuerda a distancia de años, «que visitase la casa de un sacerdote, un biblista uruguayo vuelto recientemente de Italia. Mirando en su biblioteca, me fijé en El problema del ateísmo». Se lo pidió prestado. «Me genera un verdadero shock intelectual. Durante un mes lo leo ininterrumpidamente, noche y día, subrayando cada página». Methol Ferré le escribe una carta a Del Noce; se la envía a Carriquiry con el pedido de hacérsela llegar. La carta llega a destino. «Supe luego que, cuando Del Noce la leyó, caminaba y decía: "¡Milagro! Es increíble que un hombre que vive en Uruguay me haya comprendido tanto"».

Alver Metalli



Para leer el artículo completo:








Recomendamos la lectura de La América Latina del Siglo XXI, por Alberto Methol Ferré y Alver Metalli (Edhasa, 2006)